Una de las exportaciones más redituables para los bolsillos del pueblo mexicano ha sido, sin lugar a dudas, la venta de fuerza de trabajo en Estados Unidos. La historia empezó tan atrás como la fiebre del oro en California, en lo que habían sido los territorios mexicanos. Hacia allá fueron cientos de mineros, inmigrantes propiamente dichos, a trabajar en la minas de los estadunidenses.
Cuenta Carey McWillians en su famoso libro Al norte de México (1968), que en los años 50 del siglo XIX un minero apellidado Comstock se quejaba de metales bajos y materiales azules que dificultaban la tarea de aislar el oro, un minero mexicano que pasaba por ahí al ver las piedras azuladas gritó emocionado: ¡plata, plata, mucha plata! Sólo entonces Comstock se dio cuenta que estaba frente a una de las minas de plata más ricas del mundo.