Los consumidores mexicanos no tienen nada que celebrar en el aniversario número 74 de la expropiación petrolera.
Unos días antes el gobierno calderonista, con la autorización de la Cámara de Diputados, decretó un aumento a los combustibles que llevó el precio de la Magna a la marca histórica de 10 pesos por litro.
Es la gasolina más cara del mundo, en función del poder de compra del consumidor. Una persona que gane salario mínimo necesita trabajar ocho días para llenar un tanque de gasolina con 500 pesos.
La mitad de la gasolina que consumimos es de importación. Exportamos el petróleo crudo y luego recompramos el mismo petróleo, pero ya refinado. Han transcurrido siglos y seguimos cambiando oro por espejitos. Es un negocio fabuloso que beneficia, en primer lugar, a las refinerías de Estados Unidos, pero también a funcionarios e intermediarios que están metidos en el ajo. Calderón intentó ayer defender –débilmente por cierto– la lentitud con la que se está construyendo la nueva refinería de Tula. ¡Tardaron más de dos años en medir el terreno! Mientras tanto, aquel negocio sigue prosperando. Tampoco tenemos nada que celebrar como nación.
Calderón heredará al próximo presidente un Pemex quebrado. Todos los años de su periodo la paraestatal ha operado con pérdidas gigantescas. (Ver gráfica.) Pemex es la única petrolera del mundo que opera con números rojos. Totalizan 364 mil 192 millones de pesos. ¿Y el futuro? Josefina Vázquez Mota y Enrique Peña Nieto están hablando de un modelo como Petrobras, y Andrés Manuel López Obrador quiere un modelo como el noruego de Statoil, en ambos casos se requiere una reforma constitucional.

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